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Sal de las malas rachas

Autor:
Sección: Reflexiones
02/01/19 8:46 am

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Lo que llamamos “malas rachas” suele comenzar con una pérdida o un problema particularmente difícil de resolver. Después, a raíz de ese suceso, o de forma paralela, confluyen otras situaciones problemáticas y es entonces cuando comenzamos a sentir que estamos en una etapa en la que “todo nos sale mal”.

Podríamos decir que, en general, definimos las malas rachas como aquellos momentos en los cuales coinciden varios factores o vivencias negativas al mismo tiempo. Lo usual es que las causas de esto se le endilguen a un factor de “mala fortuna” o “mala suerte”. También es habitual que se busque un culpable o que se pretenda interpretar todo como un castigo o como el efecto de la “mala energía” de algo o alguien.

Para que hablemos de malas rachas, la situación ha de permanecer así por un lapso relativamente largo. Esto, por supuesto, mina nuestra vitalidad y muchas veces nos sumerge en un estado de pesimismo que nos hace ver como si el mundo se hubiese vuelto gris. También nos inunda de temores y hace que revivan inseguridades que dábamos por superadas. ¿Se puede salir de ese foso oscuro? Claro que sí.

Para salir de las malas rachas, identifica el problema central

Aunque las malas rachas se caractericen porque todo parece ir mal, lo cierto es que siempre hay un factor o un foco central. Lo más habitual es que coincida con el elemento que le dio origen a esos malos tiempos. Esto usualmente tiene que ver con la pérdida de un trabajo, la muerte de alguien amado, una ruptura amorosa, un accidente o enfermedad, o algún evento que propició una fuerte herida al amor propio.

Para salir de las malas rachas es importante identificar cuál es ese elemento que tiene mayor peso que los demás. Por lo general, ese factor es precisamente el más difícil de resolver. Sin embargo, precisarlo nos ayuda a organizar las ideas y a diseñar posibles soluciones o, en todo caso, a enmarcar los hechos.

Es posible que vincules ese hecho con ideas como “fue mi culpa”, o “nunca volveré a ser tan feliz” y otras por el estilo. Si el problema central es el desempleo, puede ser que construyas una red de pensamiento en la que aparecen ideas imprecisas que te hacen sentir incapaz, incompetente o poco valioso.

Lo usual es que ese contexto mental se torne seriamente pesimista durante las malas rachas. Además, para salir de allí no basta con que te des tres palmaditas en la espalda y sacudas la cabeza para que se vayan esas ideas. Lo importante es que te hagas consciente de que ahí están esas afirmaciones negativas y que si quieres salir de esta etapa negativa, debes transformar esas ideas. No por las opuestas, sino por otras más realistas.

Actúa, no te quedes quieto

Uno de los efectos de las malas rachas es el de conducirnos paulatinamente a cierta parálisis. Inicialmente reaccionamos con dinamismo frente a las dificultades, pero con el paso del tiempo se va apoderando de nosotros la inacción. Es posible incluso que lleguemos a ubicarnos en una posición en la que simplemente esperamos que “algo pase” para sacarnos de allí.

Si nos dejamos invadir por esa pasividad pesimista, cada vez será más difícil superar la situación. Se apoderará de nosotros una inercia pesimista, que casi siempre nos conduce a más problemas y a más errores. Aunque no tengamos la sartén por el mango, debemos actuar. Reajustar nuestras expectativas y nuestros planes y echar a andar. Muchos tienen la fantasía de que resolver el problema es volver al estado anterior y no es así.

Si perdimos un gran trabajo, no esperemos a conseguir un nuevo trabajo tan maravilloso como el anterior para movernos. Si perdimos un gran amor, no imaginemos que debe llegar otro gran amor a reemplazarlo. Nada será como antes y lo más probable es que tengamos que comenzar de nuevo, en unas condiciones muy diferentes. La idea de restituir el estado anterior nos quita fuerzas y es inútil. De las malas rachas se sale con humildad y con actitud, no tiene más misterio.

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