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APUNTES… UNA FARSA LA LUCHA ENTRE EL PRI Y EL PAN

APUNTES… UNA FARSA LA LUCHA ENTRE EL PRI Y EL PAN

Autor: Sección: Zona de Debate 29/08/2017 5:15 am

Por: Guillermo Fabela Quiñones

Como en los combates de lucha libre, donde los contendientes simulan que se golpean fuertemente, así es el “enfrentamiento” entre las dirigencias del binomio reaccionario que forman los partidos PRI y PAN. Buscan hacer creer a la ciudadanía que tienen proyectos diferentes, cuando en realidad obedecen a un solo interés: salvaguardar y mantener los privilegios de la derecha en el poder. Lo esencial para ambos institutos políticos es frenar avances de la sociedad mayoritaria, que pudieran poner en riesgo su hegemonía en el 2018, como es presumible que suceda no sólo por el hartazgo de la gente ante tanta corrupción y vilezas de la mafia del poder, sino por el notable crecimiento de Morena.

Se trata de una estrategia orientada a debilitar la idea de que ambos son lo mismo, a fin de que los votantes que han abierto los ojos ante la irrupción de Morena en el escenario electoral, quienes en realidad votarían por Andrés Manuel López Obrador en castigo a los fracasos de priistas y panistas, desistan y den su voto por un candidato conservador, que a final de cuentas no será otro que el secretario de Hacienda, José Antonio Meade Kuribreña, a quien postularían en su calidad de candidato ciudadano cualesquiera de ambos partidos, en alianzas que favorecieran la participación de todos los institutos políticos en oposición a Morena, con la excepción del PT que apoyaría a López Obrador.

Como la principal consigna del dirigente opositor, la lucha contra la corrupción, ha calado profundamente en la conciencia del ciudadano común, ahora ambos partidos quieren restarle fuerza a los justificados argumentos que tienen claro asidero en la realidad, los cuales ha utilizado el político tabasqueño con oportunidad y acierto. Por eso es ridículo, e indignante, que tanto Enrique Ochoa Reza, dirigente del PRI, como Ricardo Anaya Cortés, líder del PAN, se acusen de corrupción cuando ambos son indefendibles por su conocida afición a vivir con grandes lujos, comportamiento por lo demás característico de los cortesanos surgidos al amparo del modelo neoliberal.

Al escuchar las palabras siguientes, un ciudadano desinformado  creería que son sinceras: “La inmensa mayoría estamos hartos de tanta corrupción e impunidad y estamos dispuestos a transformar a nuestro país en un México nuevo”. Pero alguien medianamente informado soltaría una carcajada al saber que son del líder del partido blanquiazul. Al igual que los priístas, con sus críticas Anaya busca distanciarse del tema de su crítica, como si no estuviera involucrado en el problema. A su vez, Ochoa Reza ha lanzado acusaciones contra el panista que fácilmente se le pueden revertir, porque es bien sabido que se ha enriquecido como funcionario público en la administración de Enrique Peña Nieto.

En una visita a la ciudad de Durango, Ochoa Reza no tuvo empacho en afirmar que “con el nuevo             desgobierno panista (en la entidad) hay desempleo, las empresas se están yendo, los delitos se han incrementado y no se pueden ejercer las libertades”. Como si eso mismo, exactamente, no hubiera ocurrido en los sexenios anteriores, bajo los priístas Ismael Hernández Deras y Jorge Herrera Caldera, por cierto ideológicamente más cercanos al PAN. Aunque en la actualidad no existe una marcada diferencia entre ambos partidos, porque los dos repudian profundamente la ideología de la Revolución Mexicana.

En este momento, la pugna que sostienen es por el control del aparato de justicia nacional, no con una finalidad de servicio a la sociedad, sino para garantizar impunidad para sus respectivas mafias de poder. El PRI busca que como fiscal general quede el actual procurador general de la República, Raúl Cervantes Andrade, muy cercano al grupo mexiquense, mientras que los panistas quieren obviamente un abogado confiable que les asegure impunidad. Como el Congreso está maniatado por el uso indiscriminado del dinero, el cual ejerce con fines patrimonialistas la primera mayoría que es el PRI, seguramente se saldrá con la suya. Sin embargo, aunque el PAN lograra un acuerdo con los priístas con miras a negociaciones futuras, la sociedad nacional nada ganaría.

Mientras no haya un profundo cambio de régimen, el pueblo carecerá de representatividad en la Cámara de Diputados y en el Senado, tal como lo quiere la derecha ampliamente representada por la mayoría de partidos. La supuesta lucha entre el PRI y el PAN es una farsa, como un encuentro de lucha libre previamente arreglado con el promotor. Lo fundamental para ambos en este momento es frenar a Morena, evitar que logre consolidarse con un triunfo electoral indiscutible de López Obrador. Sin embargo, sin una mínima credibilidad será imposible que pudieran lograrlo. De ahí que quieran hacer creer a la ciudadanía que son rivales irreconciliables, cuando en realidad son como hermanos que pelean por los mejores negocios del padre.

En consecuencia, la última esperanza que tenemos los mexicanos para revertir una realidad espeluznante, es vencer a la mafia del poder en las urnas, de tal modo que le sea imposible armar un fraude como es su costumbre. Si se empeñara en proceder de esa forma, estaríamos entrando en una nueva etapa de la lucha por la democratización del sistema político, la cual tendría costos impagables. Sobre todo porque las masas enfrentarían con más dramatismo la crueldad del régimen, situación que polarizaría aún más a la nación, en un entorno económico muy complejo por los criminales abusos de las élites del poder.

El ciudadano común se daría cuenta que la costosísima propaganda de Peña Nieto no es más que demagogia vil, pues la realidad que vive cotidianamente nada tiene que ver con los spots en los medios electrónicos. Ni siquiera serviría de nada el cambio de medición estadística del Inegi, hecho con el fin de ocultar la realidad y hacerla menos terrible a los estudiosos de aquí y del exterior. Baste referirse a un ejemplo muy concreto: en los tres primeros años del sexenio, el instituto informó que la pobreza había crecido en dos millones cada año, lo que a final de cuentas nos dará seis millones más de pobres en el gobierno de Peña Nieto. ¿Acaso en los dos sexenios panistas hubo una reducción de la pobreza? Por supuesto que no, ni la habrá mientras la derecha no tenga un contrapeso político que favorezca equilibrios sociales ineludibles.

(guillermo.favela@hotmail.com)

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