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APUNTES… SIN MUNICIPIO LIBRE, IMPOSIBLE LA DEMOCRACIA

APUNTES… SIN MUNICIPIO LIBRE, IMPOSIBLE LA DEMOCRACIA

Autor: Sección: Zona de Debate 27/08/2017 5:29 am

Por: Guillermo Fabela Quiñones

Al inaugurar la XI Cumbre Hemisférica de Alcaldes, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, afirmó que es necesario “pasar de la democracia puramente lineal a la de resultados, crear un círculo virtuoso entre la ciudad y su gobierno, impulsando el empoderamiento de la ciudadanía en la toma de decisiones para lograr juntos espacios más justos, más prósperos y solidarios”. El único gran problema para alcanzar objetivo tan urgente y vital para el futuro de los mexicanos es la inexistencia de un modelo democrático. Es como querer construir un edificio sin cimientos.

El sistema político de México pasó del corporativismo al neoliberalismo sin cruzar ni siquiera cerca de la democracia representativa o lineal. Cuando se tuvo la oportunidad histórica de dar ese paso, en el gobierno del presidente Adolfo López Mateos, su falta de salud lo impidió y el sexto año el poder lo ejerció prácticamente el secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, con los resultados de sobra conocidos que dieron al traste con los avances muy favorables al país impulsados por el último estadista surgido del régimen de la Revolución Mexicana.

Si realmente la tecnocracia tuviera un mínimo interés en impulsar el “empoderamiento de la ciudadanía”, no obstaculizaría la participación de la gente, permitiría que las fuerzas políticas dirimieran sus controversias sin favorecer a la derecha como lo hace, situación que de hecho contradice el discurso demagógico de la burocracia en el poder, como es fácil comprobarlo. En la práctica hemos retrocedido a los peores tiempos del régimen corporativista, pues se conservaron sus vicios para agrandarlos y darles una apariencia “modernizadora”. Claro ejemplo de ello son las dificultades, muchas veces insalvables, que tienen los ediles de oposición verdadera para llevar a cabo un programa mínimo de trabajo.

La solución a tan lacerante situación no está, como afirma Osorio Chong, en “pensar una y otra vez, a repensar a la democracia no sólo como un sistema de reglas sobre el acceso y el ejercicio del poder, sino como el sistema que implique por definición la mejora de la calidad de vida de las personas”. No en países bajo el control de oligarquías voraces y reaccionarias, como sucede en México y muchos otros de América Latina, pues de entrada no permiten que el ciudadano común reflexione sobre la realidad socioeconómica de la zona que habita, porque ese solo hecho es considerado subversivo.

Si algo define cabalmente a la tecnocracia es su rechazo a toda forma de participación colectiva libre y autonómica. Los tecnócratas consideran que el ejercicio del poder debe ser pleno, sin ataduras institucionales de ningún tipo, por eso nuestro país se distingue por el reformismo imparable a las normas constitucionales, procedimiento que se aceleró a partir del arribo a Los Pinos de Miguel de la Madrid, con marcada velocidad en el sexenio de su sucesor: Carlos Salinas de Gortari. Por eso pueden afirmar, sin mentir, que su tarea gubernativa se apega fielmente a la legalidad. Así lo dice de manera reiterada Enrique Peña Nieto para justificar la privatización de Pemex y el fin de la educación pública gratuita y laica.

De ahí su triunfalismo ante el gran reto de las elecciones del próximo año, pues el grupo mexiquense en el poder considera que tiene los hilos de la sucesión presidencial en la mano. Al menos eso es lo que públicamente quiere que se crea, para que la ciudadanía no sea sorprendida si se ve forzado a imponer su voluntad en las urnas, “haiga sido como haiga sido”, según la frase célebre del panista Felipe Calderón Hinojosa. Por lo pronto está tomando todas las providencias del caso, como lo dejó ver el coordinador de los senadores del PRI, Emilio Gamboa Patrón.

Según éste, su partido “no se dejará acorralar” por la oposición. Lo que en palabras llanas significa que está dispuesto a utilizar todo el arsenal de trampas que posee y las que haya necesidad de inventar para mantenerse en el poder. Como la “democracia” que ha construido el régimen reaccionario es la que se compra con dinero, no duda Gamboa Patrón que en el último año de la actual Legislatura el PRI se quedará con ambas presidencias en el Congreso, para eso cuenta con el “desinteresado” apoyo del Partido Verde, con el que sería suficiente para conseguir la mayoría simple requerida para el nombramiento de los integrantes de la mesa directiva.

Esta es la realidad del régimen que la mafia del poder no duda en llamar “democrático”. Sin embargo, ni siquiera se ha permitido un cabal cumplimiento del artículo 115 constitucional, como en su tiempo lo intentaron los dos Adolfos: Ruiz Cortínez y López Mateos, bajo el precepto de que los Ayuntamientos deberían ser gobernados por verdaderos representantes de la municipalidad para evitar conflictos innecesarios a los gobiernos estatal y federal.

Sin temor a equivocación puede afirmarse que en el fortalecimiento del municipio está el futuro de la patria, pero este axioma no cabe en el bagaje ideológico de la tecnocracia apegada a los dogmas del Consenso de Washington, los cuales rigen su accionar desde 1982. En consecuencia, mientras en los hechos no haya indicios claros de que el régimen reaccionario al servicio de intereses apátridas esté dispuesto a respetar la voluntad del pueblo, todo lo que digan no pasará de mera demagogia. Lo que ocurra en los comicios del 2018 definirá la realidad que nos espera a los mexicanos en el fin de la segunda década del siglo XXI.

Lo deseable es que se creará realmente el círculo virtuoso al que se refirió Osorio Chong. Obviamente, por voluntad propia no lo hará el gobierno de Peña Nieto, firmemente comprometido con intereses muy ajenos a los de las clases mayoritarias. Tendrá que ser abierto por la sociedad en su conjunto, con el liderazgo de las corrientes progresistas que logren ganarse la confianza de la ciudadanía. Tampoco sería posible que un solo dirigente pudiera concretar una hazaña que rebasa la fuerza de cualquier ser humano. La participación colectiva es vital e irrenunciable. Si no es ahora no lo será en mucho tiempo, aunque suene muy dramático tal señalamiento. Cuando menos de manera pacífica y apegada a los resquicios que nos ofrece el propio sistema político.

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