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APUNTES…  LOS PROBLEMAS NO LOS GENERA EL PUEBLO

APUNTES… LOS PROBLEMAS NO LOS GENERA EL PUEBLO

Autor: Sección: Zona de Debate 23/08/2017 4:17 am

 

Guillermo Fabela Quiñones

La cuestión central de la lucha política en México debe ser, sin duda, la toma del poder por fuerzas progresistas que tengan como prioridad elevar el nivel de vida de las clases mayoritarias. Sin embargo, tal objetivo se ve muy complejo por dos razones básicas: Es incontrastable el peso del empresariado desnacionalizado en el modelo neoliberal, y las organizaciones que podrían llevar a cabo el cambio hacia la democratización del Estado carecen de la visión estratégica necesaria para marchar unidas. De ahí el cinismo de la clase gobernante, la seguridad con la que actúa en contra de los intereses nacionales, al considerarse imbatible.

El “tapado” del PRI para la contienda electoral del 2018, José Antonio Meade, las últimas semanas se ha dedicado a consolidar su posición entre los sectores con más peso en las instituciones del Estado. Esta es la tarea más fácil a la que se habrá de enfrentar, porque de hecho las clases mayoritarias no cuentan en la toma de decisiones de las cúpulas. En la práctica no existe un sindicalismo que sea tomado en cuenta como en los tiempos del reinado de Fidel Velázquez en la Confederación de Trabajadores de México (CTM); tampoco un sector campesino capaz de influir en el rumbo del agro nacional. Las clases medias están desarticuladas y carecen de liderazgos entre los jóvenes y los intelectuales, como hace más de tres décadas.

Los problemas vendrán después, si es que el PRI continúa en el poder gracias a su capacidad para “ganar” elecciones, como lo demostró en la reciente contienda en el estado de México. El primero de los cuales sería enfrentar el justificado descontento del electorado que vería frustradas sus esperanzas en un cambio de régimen. No porque le importara al grupo en el poder cómo frenarlo, sino las repercusiones en el mercado en un entorno de por sí adverso, que lo es por los gravísimos desequilibrios internos que derivan en una desigualdad escalofriante, no “por la incertidumbre que hoy nos viene de fuera”, como así lo ha venido sosteniendo Meade.

La actual correlación de fuerzas en el sistema político, absolutamente adverso para las clases mayoritarias, podría cambiar en la medida que las organizaciones progresistas (imposible calificarlas de izquierda) comprendieran el imperativo de aprovechar la coyuntura para presionar a un gobierno carente de una mínima base social, porque considera que no la necesita mientras tenga el apoyo de la élite del sector privado, como así ha sido hasta el momento. Sin embargo, en la medida que creciera la fuerza de las corrientes democráticas, fundada en la unidad como un principio elemental para conjuntar apoyos de las clases mayoritarias, se apuntalaría la viabilidad de forzar al régimen a quitarse la máscara democrática.

Entonces sabríamos si Meade está capacitado para enfrentar retos extraordinarios, o si es un tecnócrata puro que muy pronto sería rebasado por las circunstancias, dando como resultado una lucha política que redundará en un despertar colectivo, aunque con el riesgo latente de una respuesta violenta del régimen. Vale tal hipótesis, porque no sabemos cómo podría un funcionario público que siempre ha estado alejado del pueblo, enfrentar una realidad para la que no está preparado, como es el caso paradigmático de Enrique Peña Nieto.

Ni que decir que México requiere un estadista de tiempo completo, un político de los pies a la cabeza, porque los problemas que estamos viviendo se agravaron al paso de los años precisamente por carecer el sistema político de un mandatario con la voluntad y las convicciones para enfrentar las durísimas presiones de los barones del dinero  y de los monopolios extranjeros, no con el fin de afectar sus intereses, tema por demás absurdo, sino para que lo dejaran gobernar. Porque a final de cuentas, las dificultades y los problemas no los provoca el pueblo, siempre temeroso de levantar la voz, sino los grandes oligarcas que nunca están satisfechos.

Un buen ejemplo que viene al caso es la decisión de la empresa española OHL-México de incrementar las tarifas de peaje en las carreteras Circuito Exterior Mexiquense y Viaducto Bicentenario. Esta es la segunda vez en el año que lo hace, aunque siempre bajo el argumento de que así está estipulado en los títulos de concesión otorgados por el gobierno estatal cuando fue gobernador el actual ocupante de Los Pinos.

La gran diferencia entre el régimen de la Revolución Mexicana y el neoliberal es que los mandatarios de aquella etapa se daban a respetar, para evitar que los barones del dinero se les subieran a las barbas, como se dice coloquialmente; en cambio, los tecnócratas actúan como lo que son: Empleados de los grandes capitalistas, situación que estos han sabido aprovechar como en ningún otro país. Este será el gran reto para el mandatario que llegue a Los Pinos en el 2018: Hacerse respetar por la minoría que detenta el poder económico y lo hace valer políticamente con firmeza.

Si el ganador en los comicios fuera Andrés Manuel López Obrador, estaría aún más obligado que Meade a hacer valer su autoridad ante los barones del dinero, no para afectarlos, lo que es absurdo, sino para concertar un gobierno de resultados positivos para todos; esto redundaría en estabilidad económica y un indispensable fortalecimiento del Estado de derecho, una prioridad inaplazable. A final de cuentas lo que importa es que México salga del pantano en que lo sumió la corrupción, compromiso que sólo podría asumirse con el consenso de la sociedad en su conjunto.

Para ello es indispensable un Gobierno respetable y con autoridad moral indiscutible. Esta deberá ser la premisa básica del régimen del cambio verdadero, reto que sería improbable que pudiera enfrentar con firmeza un Gobierno espurio. Esta es la gran interrogante para el grupo en el poder: Cómo vencer en las urnas de manera legítima, transparente, que no dejara lugar a dudas ni mucho menos propiciara un gravísimo conflicto poselectoral.

Si los sectores más reaccionarios y proclives a tentaciones autoritarias suponen que no importa cómo se ganara, están equivocados rotundamente. Se tendría que pagar un precio incosteable para todos, porque las contradicciones del sistema rebasarían la capacidad de un  Gobierno ilegítimo para enfrentarlas políticamente.

(guillermo.favela@hotmail.com)

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